sábado, 25 de mayo de 2013

Elogio al político aburrido (Versión extensa)

Esta es la versión extensa de mi columna, publicada en 'Catalejo' del periódico El Colombiano el 23 de mayo de 2013.

Por Santiago Silva Jaramillo

Nos acostumbramos al político entretenido, al que grita y genera controversia, al que pelea e insulta a sus contrincantes, al que se queda en la forma a falta de mostrar algo de fondo. En fin, al “showman” por sobre el estadista; al divertido por encima del responsable.

La semana pasada, Santos viajó con una nutrida delegación de unos sesenta lagartos al Vaticano. La ceremonia de canonización de Laura Montoya se convirtió en el evento politiquero del año. Por no nombrar el incómodo e impopular problema de pagar con recursos públicos el viaje de funcionarios de un Estado laico a una ceremonia religiosa. 

Pero el presidente de la república no es, ni mucho menos, el único personaje político que premia la forma sobre la sustancia. Desde hace algunos días, Francisco Santos ha estado adelantando su campaña política a punta de generar polémica. Pero lo ingenioso no le quita lo efectista. De hecho, aunque muchos podemos citar de memoria el mensaje que acompaña las vallas en contra de la negociación con las Farc en La Habana, no tenemos ni idea de cuál es la propuesta del otro Santos para abordar el proceso con la guerrilla.


De nuevo, más show, más pantalla, puro entretenimiento. Se les olvidó que el ganador no puede ser el que más grite, o el que más lo entrevisten, menos el que pague más pauta publicitaria.


Chávez tenía su "Aló presidente", Uribe sus consejos comunitarios, Santos sus acuerdos por la prosperidad. Además de entrevistas y notas, declaraciones y discursos, peleas e inauguraciones.


Por supuesto que entiendo lo inocente de esto que escribo. Los medios masivos de comunicación han obligado a los políticos a tener un compromiso con el entretenimiento de la gente. Pero estoy convencido del valor de la seriedad y la prudencia como asuntos cardinales en la política responsable.


Porque estoy convenido que se puede hacer esa clase de política. Sin tener que decir  que un apocalipsis espera al país en cada esquina cuando un contrincante gobierna, ni prometer un paraíso luego de ganar el poder. Tampoco tiene que ser necesario manejar bien las cámaras o coger bien el micrófono, menos aún saber llamar la atención de los medios para replicarle al rival de siempre en esa pelea eterna de la que la mayoría ni nos acordamos porqué empezó.

Porque creo que es preferible el político prudente sobre el lanzado, el silencioso sobre el vociferante; el prudente sobre el arrojado. En fin, el que gobierna en vez de ser entretenido. Esta es una defensa desesperada –como tantas otras- del político aburrido.



Sí, es claro que de quienes nos gobiernan –o esperan hacerlo- son pocos los que califican para lo que digo. Aun así, creo que siempre podremos exigirles: “Señor político, abúrrame, pero gobierne bien”.

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