jueves, 16 de mayo de 2013

Desconectados (Versión extensa)


Esta es la versión extensa de mi columna en Catalejo del periódico El Colombiano del 16 de mayo de 2013.

Por Santiago Silva Jaramillo

Nadie discute la importancia de la academia en los debates sobre problemas públicos de una sociedad. Pero en ocasiones, la desconexión entre academia y realidad puede ser tal que lo que se habla en universidades y centros de pensamiento, foros y conferencias, resulta inapropiado o inocente para atender los problemas ciudadanos.

Anteriormente, he mencionado en esta columna el problema de la dificultad de diseñar políticas efectivas para problemas tan complejos como la seguridad ciudadana. En efecto, en muchas ocasiones los gobiernos y las sociedades parecen probar con muchas recetas fallidas antes de dar con alguna que les reporte algún tipo de resultado positivo. Justamente, es en el abanico de recetas, lo que podemos llamar “alternativas de solución”, que juegan un papel fundamental los aportes que se dan desde la academia.

Recientemente, pude atender a un encuentro de expertos sobre economía criminal en Medellín. La mayoría de la audiencia pertenecía a la academia, pero algunos funcionarios de la administración local asistieron también. Sin embargo, las ponencias fueron una seguidilla de análisis inocentes sobre realidades ajenas. Sí, algunos de los participantes eran extranjeros, pero incluso un mexicano parecía estudiar las realidades políticas de Monterrey como si se tratara de una municipalidad en un fiordo noruego.

Al finalizar el foro hablé con uno de los funcionarios del gobierno de Medellín que asistió al evento. En efecto, me dijo que la mayoría de los académicos que estudian el tema de seguridad parecen hablar desde Suiza y luego, a la hora de las discusiones sobre sus propuestas, se quedan estancados en la validez de los modelos econométricos de sus investigaciones.

Al final, estos espacios se terminan convirtiendo en debates de economistas con economistas sobre modelos econométricos. Y los funcionarios públicos (quienes llevan a sus espaldas la carga de tomar las decisiones en el mundo real) solo pueden retorcerse en sus sillas frustrados, mientras intentan encontrar alguna pista sobre cómo aplicar las desconectadas propuestas teóricas de los académicos en el diseño de sus intervenciones y políticas.

Y todo esto va a que mientras compartía con la tropa de académicos en el foro, tomábamos tinto y discutíamos sobre bases de datos, unas sesenta familias eran desplazadas del barrio La Loma por las amenazas de un grupo armado que buscaba castigarlos luego de la muerte de algunos de sus integrantes a manos de una banda enemiga.

La administración municipal, debatiéndose entre lo que tiene y lo que puede hacer, entre lo que sabe y lo que tiene que suponer, terminó abdicando y ayudando a trastear a los desplazados. De pronto en ese momento, un concejo realista o un estudio juicioso desde la academia hubiera podido darle mejores opciones al funcionario que tomó esa decisión; lástima que la realidad sea tan difícil de poner en un modelo econométrico.

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