Esta es la versión extensa de mi columna publicada en 'Catalejo' de el periódico El Colombiano el pasado 19 abril 2013.
Por Santiago Silva Jaramillo
El ejercicio de la oposición es
fundamental para un sistema democrático sano; los intentos de desacreditar a
los opositores –por encima de sus argumentos o propuestas- representan una amenaza
inadmisible para nuestro sistema político.
Tanto el presidente Juan Manuel
Santos, como el ministro de Interior, Fernando Carrillo, han salido a condenar
a quienes “controvertimos”
sobre el proceso de negociación con las Farc; alarmados por un supuesto saboteo
que a ojos de cualquier persona son simples y válidos llamados a la claridad.
Irónicamente, el mismo proceso de
paz en La Habana se beneficiaría, en tanto gana legitimidad, cuando quienes
tenemos serias reservas o quienes se oponen directamente a la negociación con
las Farc, pueden manifestar sus críticas sin ser tachados de “enemigos de la
paz”
Así, pertenezco a la leal
oposición; leal con la democracia, leal con la institucionalidad; pero
defiendo mi derecho, como el de todos los colombianos, a criticar y quejarme, a
preguntar y exigir respuestas; siempre con respecto, pero nunca con
mansedumbre; desde este espacio o en la más intransigente discusión de
cafetería.
Sin embargo, al presidente Santos
parece darle algo de escozor tener una oposición a su gobierno –no solo él, las
ganas de unanimidad gobiernista es un viejo y perverso vicio de la política
presidencial colombiana-, desde el comienzo comprometido con alcanzar “unidades
nacionales” y “acuerdos sobre lo fundamental”.
El caso es que la democracia tiene
un elemento bastante claro de caos; en sus discusiones y competiciones, en sus
debates e incluso en sus insultos. Extrañamente, y de pronto allí reside su
belleza, la democracia se fortalece cuando más opuestos están sus miembros,
cuándo la competencia por llevar una idea de porvenir social se hace más
encarnizada. Dentro de la civilidad, por supuesto.
Claro que existen extremos y que
los colombianos solemos coquetear con ellos. La oposición implica un grado de
responsabilidad; en realidad, no todo vale y ciertas reglas de juego deben
mantenerse para que la polarización no degenere en violencia o ilegalidad.
Pero debemos dejar de temer en la
oposición o pensar que toda discusión que nos aleja del unanimato es peligrosa
¡Al contrario! Nuestra, a veces maltrecha, democracia se beneficia enormemente
porque en las calles, en los medios y en el Congreso de la República, la gente
no esté, ni se ponga de acuerdo. Y el presidente bien haría en recordar y
defender esto.
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