Esta es la versión extensa de mi columna, publicada en 'Catalejo' el 11 de abril de 2013.
Por Santiago Silva Jaramillo
Desde hace algunas semanas, la Gobernación
de Antioquia ha estado impulsando una campaña que se pregunta por cómo nos
estamos preparando los colombianos para la paz. Entre otras iniciativas, en algunos
lugares del departamento se han ubicado grandes tableros en dónde se invita a
las personas a contestar a esta pregunta.
Leer algunas de las respuestas puede ser gracioso y
preocupante a partes iguales. En efecto, la mayoría de las personas se dejan
llevar por un sentimentalismo desbordado o simplemente confunden la palabra
“paz” con una idealización de sus propias expectativas de vida. Enmarcado en un
gran corazón en marcador azul, se leen referencias a la paz de Dios y a la
reelección de Santos, hablan de flores y “espadas de amor”, de música, de amar
al prójimo y meditar, de soñar despiertos y combatir la ignorancia; de cuidar
el medio ambiente y eliminar la pobreza, tener una economía competitiva y
trabajo para todos.
Lo problemático de esto no es que las personas entiendan por
“paz” algo que no necesariamente lo es, sino que empiecen a crearse expectativas
sobre un futuro que no parece probable; esa brecha entre lo que se espera y lo
que se consigue suele ser particularmente perjudicial en términos sociales.
El caso es que en todos estos mensajes se siente una
preocupante inclinación a tener esperanzas irreales sobre el futuro del país. De
igual manera, desconoce la realidad de que lo que podría esperarnos (como el
presidente Santos e incluso las guerrillas
han reconocido) es un escenario de post conflicto que poco o nada tendrá que
ver con la idealización de muchos desprevenidos.
En efecto, un periodo de post conflicto empieza cuando se
detienen las principales hostilidades entre dos enemigos. La situación resultante no es necesariamente
segura. La transición para superar la violencia no pasa por un camino
secuencial. Colombia, en esa tradición curiosa de romper los paradigmas
para mal, vivió un post conflicto de pequeña escala con la desmovilización de
las AUC. En efecto, revisar lo que sucedió entonces nos puede dar muchas pistas
respecto a lo que nos espera en un supuesto post conflicto cercano.
Así pues, podemos esperar un incremento en la violencia
homicida consecuencia del desorden en las estructuras armadas y la lucha por
controlar las rutas de narcotráfico, la extorsión, la producción ilegal minera,
entre otras economías ilegales. La desmovilización de combatientes implicará
una enorme carga para los gobiernos locales; las ciudades tendrán que asumir un
incremento en la inseguridad en el mediano plazo. En efecto, es para este
escenario, y no la Colombia de arcoíris y unicornios en donde la moneda de
cambio son los abrazos, que nos debemos estar preparando.
Pero al final, mientras no se resuelva el problema de fondo
respecto a la violencia en Colombia (esto es, la presencia de competidores
periféricos fuertes ante un Estado central débil) es muy improbable que aquel
país que muchos soñamos, y que docenas de antioqueños han estado describiendo
en los famosos tableros, sea una realidad.
Así que propongo replantear el eslogan de la campaña de la
Gobernación, sin ánimo alguno de publicista, con: “Y tu ¿cómo te preparas para
el post conflicto?”.
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