Esta es la versión extensa de mi columna publicada el 09 de mayo de 2013 en 'Catalejo' el periódico El Colombiano
Por Santiago Silva Jaramillo
“No puedo pensar que De
Gaulle sea Francia, y menos aún que lo sean Darlan o Vichy. Francia es algo más
grande, más complejo, más formidable que cualquiera de esas manifestaciones sectoriales”
–Winston Churchill
Lo cierto es que Colombia no es
ni Santos, ni Uribe; ni Vargas Lleras, ni Pachito; no es un hombre, mucho menos
un apellido. Personalizarla es condenarla al destino de estas personas y
simplificarla en un grado injusto.
Es idea mesiánica de que alguien
nos salvará de todas nuestras tragedias es terriblemente dañina para nuestra
democracia. Nos vuelve dependientes de individuos e incluso nos puede hacer
vulnerables al autoritarismo.
Esta idea de la infalibilidad (o
de la completa ineptitud) de nuestros políticos que rodea a la discusión
pública en Colombia esconde algo todavía más complejo: la dependencia en los
liderazgos individuales, sobre todo los viejos, los tradicionales, los que
siempre nos han terminado decepcionando.
De igual manera, solemos exagerar
el impacto
real que tienen los líderes políticos e incluso los gobiernos en la
solución de los problemas públicos. El caso es que la indispensabilidad de
quienes nos mandan resulta claramente dudosa.
La verdad es que ninguno de ellos
tiene esa receta mágica, ni por sus planes, ni por sus dotes y mucho menos
escrita en la palma de la mano, susurrada por la divinidad. Son personitas,
como usted o como yo, tan débiles o fuertes como les permitan las
circunstancias; y por eso resulta tan inconveniente unir el destino del país a
ellos.
Porque nuestro futuro no está
(¡no puede estarlo!) determinado, amarrado irremediablemente al futuro de nuestros
líderes, por bueno o malos que sean, por estadistas o bandidos que resulten
siendo.
Aun así, pareciera como si
siguiéramos buscando a los “padres de la patria”, a los salvadores y mesías, a
los “hombres esenciales”. La sociedad y la política colombianas son demasiado
complejas como para pretender que un solo hombre, por importante o poderoso que
sea, puede determinarlas, marcando un rumbo por si solo, torciendo todas las
tendencias a su favor o moviendo todos los hilos en su dirección.
Así que no, el país no se
tambalea, ni se cae a pedazos cuando Pastrana ataca a Santos porque Santos
atacó a Uribe, porque Uribe atacó a Santos porque… ninguno de ellos siquiera
recuerda cómo empezó toda la pelea. La curiosa realidad es que, incluso cuando
gastamos tanta tinta y video hablando sobre ellos, no son tan importantes; su
poder es una sombra sobre el resto de la sociedad colombiana.
Porque al final, lo que nos
podría salvar como país es entender que el hombre indispensable es ninguno.
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