viernes, 14 de marzo de 2014

El voto resignado (Versión extensa)

Esta es la versión extensa de mi columna publicada el pasado 14 de marzo de 2014 en el periódico El Colombiano.

Por Santiago Silva Jaramillo

"La política es el arte de elegir entre lo desastroso y lo insípido"

- John K. Galbraith

Soy politólogo, y por eso, la gente cree que tengo, más claridades sobre la política del país que los demás. No lo hago. Pretendo hacerlo, por mi profesión y por esta columna. En realidad, me invaden las mismas dudas, experimento similares frustraciones y, en ocasiones, me decido entre iguales frustraciones que el resto de ciudadanos.

Les confieso que así me pasó este domingo, frente a ese juzgado de responsabilidad ciudadana que es el tarjetón electoral y al depositar un voto sin ánimo en la urna. Para mí, como para muchos colombianos, la “fiesta de la democracia” se pareció demasiado a un agrio guayabo.

Insisto, Colombia se encuentra en un escenario de "resignación electoral". Pocas ideas, pocas pasiones: La gente vota encogida de hombros; pocas veces tan similar a vacas que entran al matadero cuando entraban a depositar el voto. Así, seguimos renovando nuestra angustiosa democracia; ese esfuerzo constante por proteger las instituciones de las reglas poco claras, los monopolios políticos y la apatía ciudadana.

Pero si la manera como se comportan en campaña da pistas sobre sus calidades ¿cómo entusiasmarse con la clase política que hemos permitido que pulule por la realidad nacional?

El primero es el mismo presidente Santos, cuya pinta de demagogo queda fuera de concurso: camiseta de la selección Colombia y cruz de ceniza en la frente; mientras anuncia la “irreversibilidad” de recursos nacionales para proyectos que ya eran irreversibles y estaban en movimiento para Antioquia. ¿Los mensajes? Primero, que aparentemente, si usted es católico, antioqueño y le gusta la selección Colombia, él es su candidato. Y el segundo, que el presidente claramente subestima nuestra inteligencia.

Abandonando el terreno de lo populista y llegando al absurdo, estuvo el señor Jorge Franco Pineda, candidato de Opción Ciudadana de Representantes por Bogotá, que ganó reconocimiento nacional por sus piezas publicitarias en las que modificaba fotos de famosos para que le “endosaran” votos. El mejor intento del candidato fue utilizar la selfie más retuiteda de la historia (la foto de varios famosos en los premios Oscar) como fondo de una imagen de su campaña. Brandley Cooper, Jared Leto y Kevin Spacy nunca sabrán el empujón que le dieron a la campaña del señor Franco.

Dos ejemplos ridículos, si tenemos en cuenta prácticas realmente ilegales que rodean a las elecciones. De acuerdo a la MOE, desde que monitorea elecciones en Colombia nunca encontró tantas dificultades como en las parlamentarias del pasado domingo.

Henry Kissinger decía que "El noventa por ciento de los políticos, da mala reputación al otro diez por ciento". El problema es encontrar, confiar y votar por ese diez por ciento.


jueves, 6 de marzo de 2014

Oro como fortuna (Versión extensa)




Esta es la versión extensa de mi columna del pasado 06 de marzo de 2014, publicada en el periódico El Colombiano.

Por Santiago Silva Jaramillo

"El diablo camina por las calles de este pueblo", sostiene el minero, con voz ronca, pero sin ninguna duda. Estamos tomando tinto en una calurosa tienda en el parque de un municipio minero del Nordeste de Antioquia. "Es por el oro", explica su compañero, otro minero artesanal, "el oro vuelve locas a las personas, solo trae cosas malas". Sus expresiones son de tosca resignación; en sus vidas, el oro es odiado y amado en partes iguales, se le tiene un temor reverencial, pero se le ambiciona como a nada.

Pero ¿es el oro bendición o maldición?

A simple vista, el diagnóstico es pesimista. Nordeste salió hace pocos meses de una cruenta guerra entre grupos ilegales por el control de las rentas ilegales asociadas al oro. El enfrentamiento es solo la más visible consecuencia de otras externalidades negativas de la explotación minera en la región. 

Y es que algunos quisieran desembarazarse del mineral precioso, sostienen que nada bueno sale de lo que la tierra nos ha dado por azar. Cientos de libros, estudios y reportajes se han escrito en los últimos años sobre la famosa "maldición" del oro.

Pero ¿es esa la única forma de verlo? ¿Está el Nordeste -y todas las zonas mineras de Colombia- condenado por lo que le tocó en suerte?

Este 6 de marzo, en la Universidad EAFIT de Medellín, se presenta el libro "Oro como fortuna ", resultado de la investigación "Estudios de corrupción en contratación pública y cooptación de los recursos de regalías en Antioquia, Córdoba y Bolívar ", financiado por Colciencias y desarrollado por investigadores de la Universidad EAFIT. 

El libro presenta otra visión sobre las consecuencias de la industria extractiva de oro en las zonas mineras de Colombia. En efecto, el azar no tiene por qué ser una maldición. Ante las apuestas institucionales correctas, puede convertirse en fortuna y apalancar procesos sociales beneficiosos, financiando políticas de desarrollo, incentivando la participación social y aprovechando las reservas de capital social que reposa casi intacto.

"Oro como fortuna " propone, en su capítulo final, la suscripción de Pactos de Gobernanza Minera y Transparencia en los municipios y regiones mineras de Colombia. El Pacto busca incentivar la participación de todos los actores sociales importantes en la vigilancia de la utilización de los recursos de regalías, y un compromiso común sobre la contratación pública.

Por supuesto, el libro no pretende ser fórmula mágica, tampoco simplificar los desafíos que la minería de oro supone para las comunidades; pero sí replantear el problema, suponer que probablemente en las mismas dificultades del fenómeno reposan las soluciones, y que con ingenio social y compromiso político, podemos convertir la maldición en fortuna.

jueves, 27 de febrero de 2014

SOBRE EL HONOR MILITAR - El Colombiano

SOBRE EL HONOR MILITAR - El Colombiano

Si los medios nacionales no pueden prescindir de la presunción de inocencia, mucho menos debe hacerlo el mismo presidente de la República. Para ningún ciudadano. Pero resulta particularmente doloroso que lo haya hecho justo con los militares, que se han ganado a sangre y sudor un puesto que toda la sociedad colombiana reconoce dentro del entramado institucional de nuestro país. 

viernes, 21 de febrero de 2014

El miedo como asesor de campaña (Versión extensa).

Esta es la versión extensa de mi columna, publicada el pasado 20 de febrero de 2014 en el periódico El Colombiano.

Por Santiago Silva Jaramillo

De nuevo, nuestros políticos nos enfrentan a una disyuntiva falsa, a escoger entre dos opciones: “la válida o el desastre”, entre el blanco y el negro ¿lo único que une a estas dos propuestas? El miedo, ese viejo enemigo que sigue regresando en cada periodo electoral.

Los analistas hablan de polarización política en nuestro país y los medios les hacen eco, pero ¿qué tipo de polarización está viviendo el sistema político colombiano? No hay una gran discusión de ideas, ni una profunda división sobre el modelo social o económico, solo una rencilla sobre quién ostenta el poder, sobre quién debe o no estar al mando.

Incluso hay algo de acuerdo en la utilización de una vieja y despreciable estrategia política: generar miedo. En efecto, los dos mayores actores políticos en contienda se han decidido por llenar de temor a los electores, aunque sea con diferentes escenarios, respecto a lo que “pasaría con el país” si gana el contrario.
Gritar que viene el desastre es una estrategia eficaz para conseguir votos, pero injusta con los colombianos. No puede ser que los cantos de sirena sea lo único que alimenta el debate: “que si votan por uno le están abriendo la puerta al castro-chavismo”, o que si votan por el otro, “le están cerrando la puerta a la paz”.

La realidad es que ninguna parece una perspectiva realista; Colombia, con sus desenfrenos y excesos, sus lentitudes tropicales y ausencias históricas, no parece estar al borde del abismo: ni el que se encuentra a la derecha, que denuncian los de izquierda, ni el que está a la izquierda, que denuncian los de derecha.

Ahora bien, ¿por qué digo que nuestro país no se encuentra cerca al abismo? Por un lado, porque por más terrible que sea ver lo que pasa en estos momentos (y ha pasado durante los últimos quince años) en Venezuela e imaginar que el siguiente en la lista, supuestamente, sería Colombia, las verdaderas perspectivas del triunfo de un proyecto socialista de corte autoritario en el país son muy lejanas.

A los colombianos nos gusta ser pesimistas y subestimarnos (es un deporte nacional), pero la fortaleza institucional, la tradición democrática y la responsabilidad ciudadana de Colombia son suficientes por el momento para prevenir este escenario.

Y por otro lado, nadie tiene el monopolio de la paz; no solo no pueden pretenderlo, la realidad ha mostrado que cada nuevo presidente y Congreso pueden, en efecto, abordar el tema. No solo eso, la verdad, el país se encuentra inmerso en transformaciones tan profundas, que la baja intensidad de nuestro conflicto armado parece hacerlo perder cada vez más relevancia en la agenda política nacional.


Dejemos que los argumentos vuelvan a la discusión política, que la campaña electoral vuelva a concentrarse en ideas y no en temores. Hay candidatos que vale la pena escuchar, y que han sido silenciados por las vociferaciones de sus jefes o cabezas de lista. Que los dejen hablar, proponer, pelearse esos votos por méritos en sus propuestas y no por lo fuerte que sean sus gritos o lo bien que apelan al miedo colectivo.

jueves, 20 de febrero de 2014

EL MIEDO COMO ASESOR DE CAMPAÑA - El Colombiano

EL MIEDO COMO ASESOR DE CAMPAÑA - El Colombiano

De nuevo, nuestros políticos nos enfrentan a una disyuntiva falsa, a escoger entre dos opciones: “la válida o el desastre”, entre el blanco y el negro ¿lo único que une a estas dos propuestas? El miedo, ese viejo enemigo que sigue regresando en cada periodo electoral.

jueves, 13 de febrero de 2014

Superando los mitos del voto en blanco (Versión extensa)

Esta es la versión extensa de mi columna, publicada el pasado 13 de febrero de 2014 en el periódico El Colombiano.

Por Santiago Silva Jaramillo

En las últimas semanas, temerosos por lo que ven crecer en las redes sociales y puntear en las encuestas nacionales, muchos de los viejos políticos han empezado su tradicional campaña de época electoral en contra del voto en blanco. Los rumores sobre engaños y conspiraciones de lado y lado, buscan crear ese miedo que tantas otras veces ha determinado injustamente nuestras decisiones electorales.

La mediocridad de nuestros políticos se explica en nuestra alcahuetería electoral. “Que hay que votar por éste, porque el otro es más malo y de pronto gana…”, sostienen, con el cinismo de los resignados. Pero si esa es la lógica del ejercicio de un derecho ciudadano como el voto ¿vale la pena siquiera ejercerlo?

Algunos analistas han intentado minimizar la disposición de aproximadamente el 30% de los electores colombianos de votar en blanco, diciendo que son un grupo de indecisos que se volcarán a algún candidato en el último momento. Pero existe una diferencia sustancial, que no se puede ignorar, entre no saber por quién votar y querer votar en blanco. Lo que se cuece para las próximas elecciones no es fruto de la indecisión, sino del rechazo ciudadano a nuestra actual parrilla de politiqueros, mediocres y corruptos.

En efecto, la intención de voto blanco actual constituye un hito en las elecciones colombianas y resulta esperanzador respecto a las perspectivas de la cultura política de nuestro país.

Ahora bien, el voto en blanco ni se le suma al primero, ni se lo pagan a nadie. El voto en blanco solo se cuenta por el voto en blanco (es decir, el rechazo de los demás candidatos), por ese siempre buen candidato que es nuestra protesta contra los políticos. Tampoco se lo reponen como votos a nadie; detrás de los votos en la casilla en blanco del tarjetón electoral no hay ningún negocio.

Uno de los mitos más comunes es decir que detrás del voto en blanco hay intereses económicos. En efecto, los ciudadanos pueden conformar comités promotores del voto en blanco, pero estos comités solo reciben reposición de votos si la gente vota por la casilla que se le crea a cada uno de ellos en el tarjetón. Si usted vota por la última casilla, la del voto en blanco, nadie puede reclamar ni un peso.

El voto en blanco es un símbolo. Si, que gane sería un mensaje poderoso, aunque pueda ser poco probable. Sin embargo, tenemos que entender que su naturaleza no busca transformaciones inmediatas, sino hacer saber a los políticos, sus partidos y movimientos que no merecen nuestro voto. Que, al final, somos capaces de encontrar nuestra dignidad.


SUPERANDO LOS MITOS DEL VOTO EN BLANCO - El Colombiano

SUPERANDO LOS MITOS DEL VOTO EN BLANCO - El Colombiano



En las últimas semanas, temerosos por lo que ven crecer en las redes sociales y puntear en las encuestas nacionales, muchos de los viejos políticos han empezado su tradicional campaña de época electoral en contra del voto en blanco. Los rumores sobre engaños y conspiraciones de lado y lado, buscan crear ese miedo que tantas otras veces ha determinado injustamente nuestras decisiones electorales.